Roberto Losada Maestre, profesor de Teoría Política de la Universidad Carlos III, trata de explicar cuanto de correcto, éticamente hablando, es (y fue) el confinamiento global por enfermedad.
Actualmente, a menos que seas un niño de junio del 2020 en adelante, y en ese caso, dudo mucho que estés leyendo este artículo, todos y cada uno de nosotros hemos vivido una pandemia mundial. Ese fenómeno, producido por nuestra vieja “amiga” la COVID-19, trajo consigo un confinamiento, también, mundial. De un día para otro, todas las personas de este planeta nos vimos obligadas a encerrarnos en casa y a no salir a menos que fuese esencial, en el caso de los españoles, durante tres meses. La cuestión en todo esto es, ¿hasta qué punto ese encerramiento forzado fue éticamente correcto?
Esta es la misma pregunta que se planteó Roberto Losada Maestre, profesor de Teoría Política de la Universidad Carlos III, incluso antes de que ocurriera todo aquello, ya hace tres años. Expone que, aunque exista una ley que le permite al gobierno imponer este procedimiento (Ley Orgánica 3/1986, de 14 de abril, de Medidas Especiales en Materia de Salud Pública), igual, si lo pensamos bien, no resulta tan correcto imponer este decreto. Para explicar esto propone varios ejemplos, como es el siguiente: “Imagine que un vecino suyo decide jugar a la ruleta rusa con quienes pasen frente a su ventana sin que estos lo sepan. Disparará y, si la bala no se encuentra en el cilindro del tambor, nada sucederá. Si la mala fortuna hace que sea al revés, alguien morirá. Usted pasa frente a la ventana de nuestro jugador y éste le dispara. Afortunadamente, solo hay 1/6 de posibilidades de que lo mate y no sucede nada”. Con esto, lo que quiere transmitir es que, sí, hay probabilidades de que la enfermedad se contagie a otras personas, pero, también existe la probabilidad de que no, y, aun así´, todos, tuviésemos la enfermedad o no, teníamos que quedarnos encerrados.
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| Hombre desinfectando el metro |
Con esto también quiere plantear
la duda de cuál es el nivel de riesgo aceptable para imponer ciertas acciones,
ya que al final, puede pasar cualquier cosa en cualquier momento, como explica
con otro ejemplo: “En la estación de Edgebrook, Chicago, 2011, una mujer de
58 años fue golpeada por un objeto que la tiró al suelo, causándole lesiones en
la pierna, la muñeca y el hombro. El objeto era parte del cuerpo de un
adolescente que había sido arrollado por un tren cuando cruzaba las vías por un
paso habilitado. El golpe, a 112 km/h, había convertido en proyectiles partes
del cuerpo que volaron más de 100 metros hasta alcanzar a la mujer. ¿Se debería
prohibir a la gente que atravesase las vías por los pasos habilitados porque
existe el riesgo de que se dañe a otras personas?”. De aquí propone la idea
de que ese nivel de riesgo podría ser democrático y subjetivo.
Concluye contando que no se puede
retener a alguien en contra de su voluntad, y planteando la siguiente cuestión:
“Tal vez, no deberíamos aceptar que se pueda imponer a alguien una
cuarentena en contra de su voluntad. ¿Cuál es la solución entonces?”.


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